Etiquetado: Pasado

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Amar no es gratis.

Ser capaz de amar tiene que ver con tus aprendizajes del pasado, con las heridas que se transforman en lecciones, con dolores que lentamente drenaron para reconvertirse en verdades que no debés olvidar.

Pasado, presente, futuro: una trilogía imposible de desarmar, imposible no ser hoy gracias a lo que se fue antes, y que ambos determinen lo que serás.

Los que amé y no me amaron; los que sí supieron cómo hacer feliz a la mujer que fui; los que no se animaron, los que se equivocaron, los que me lastimaron, los que me trataron con cuidado, los que me dejaron ir. Todos ellos fueron parte de la construcción de la mujer que soy hoy, ahora capaz de entender qué necesita para ser feliz, quién puede dárselo y quién definitivamente no.

Amar no es gratis: se paga cada día, a cuenta de lo que está por venir.

Foto: Infinite Winter Photography

JFK


Yo sé, así como sé mi nombre y conozco los tatuajes y las cicatrices que marcan mi piel y las pecas que me dibujan constalaciones en las mejillas y las caderas que rellenan mis pantalones y mi sexo que adorna la conjunción de mis piernas, que hay miedos que van a estar ahí durante un tiempo.

La tarea no es tanto pelear contra ellos sino dejar que me llenen por completo como el primer paso para drenarlos de mí.

(A lo único que hay que temer es al temor)

Foto: fotopamp

Incapaces

De entender las mutuas necesidades. De escucharnos. De aceptar el destiempo que nos marca de manera histórica. De tratar de ocupar por un rato el lugar del otro. De pensarnos de otro modo, de reformularnos. De no sucumbir a ese hambre recíproca que nos consume. De aceptar que no se puede ahora. De soportar el silencio sanador. De cuidar lo que fuimos y lo que seremos. De sacudirnos del pasado, de movernos, de avanzar a otra cosa.

Incapaces de dejarnos ir.

Foto: Plasticinaa

Autoafirmación

#BFAL vol1

Alguien escribió AMOR con aerosol rojo y letras así mayúsculas justo al lado de la senda peatonal por la que cruzo la calle todos los días de mi vida. Justo lo que necesitaba: un recordatorio bien gráfico de esa pieza de mi universo que hace demasiado tiempo que no encaja y menos ahora cuando lo que quiera que pasaba entre nosotros definitivamente se acabó.

Era azul la luz que entraba por la ventana, como estar sumergidos en un ambiente acuoso donde nuestros movimientos -desnudos y enredados uno en el otro en la cama de sabanas livianitas- eran como en cámara lenta. Pequeñas porciones fotográficas: el lóbulo redondo y gordo de su oreja justo antes de besarlo, su boca trompuda incluso cuando duerme, sus largas pestañas oscuras señalando el horizonte, el pelo desprolijo revuelto, la respiración serena apenas interrumpida por sus ronquidos que acallo sacudiéndolo con suavidad, su brazo rodeándome fuerte como si yo tuviera la más mínima intención de escapar. Ejercicio de placer particular recorrer con la nariz el costado de su cuello y su nuca, descubrir la leve variación de su olor que podría distinguir con los ojos cerrados entre cientos de otros hombres. Hay días en los que ya no hay diferencias entre el sueño y la conciencia cuando despertamos entre besos que derivan en un encuentro físico que es seguramente una de las mejores maneras de salir de la vigilia.

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