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Hace un año atrás volvía a casa después de una tiroidectomía (o extracción total de la tiroides). No fue sino la continuación de un largo camino que había empezado varios meses atrás cuando el cansancio constante, la caída de pelo, el aumento de peso y la montaña rusa emocional no podían seguir siendo atribuidos al stress. Iba a ser un paso más en este viaje en el que aún no llego a destino, este redescubrir forzado de mi cuerpo y mi persona a muchos más niveles que los que esperaba.

Incluso el peor de viajes guarda enseñanzas. La impaciente tuvo que reconvertise en paciente y entender que todo lleva tiempo y que, incluso para mi propio asombro, esto está lejos de terminarse aún.

Un año después de haberme extirpado la tiroides todavía no encontré la dosis adecuada de la medicación para mi cuerpo, cargo poco más de 10 kilos de sobrepeso, lucho contra el insomnio, la falta de energía física y mental y con cierto desorden interno, y (en un plan muy #minitah) me las arreglo para peinarme y ocultar los blancos que me dejó la pérdida masiva de cabello. Convivo hace 360 días con la sensación de que alguien se llevó mi cuerpo y me encajó este otro que no entra en nada de mi guardarropas y en el que mi alma se debate entre el desconcierto, la ansiedad y la preocupación que me carcome: ¿alguna vez volveré a ser laclaux que yo era?

No me había tocado antes atravesar una enfermedad del cuerpo- sí muchos escozores en el alma. Desconocía que unos y otro son tan parecidos, tan cercanos. Nada te prepara para sentirte incapaz. No es, en mi caso, dolor físico. Es otra cosa, una sensación constante de desazón, de deconocimiento, de que todo lo que dabas por sentado no está ahí, no te acompaña como antes. Muchas veces, sí, he tenido y tengo ganas de simplemente sentarme a llorar y a reclamar que todo vuelva a ser como era. Lo único que sé es que eso no va a pasar.

No, no tengo cáncer, ni VIH, ni hepatitis B. Sí, es obvio que hay cosas mucho peores que vivir sin la tiroides. La cuesta arriba que me toca subir tiene que ver con volver a ser lo que conocí, a tener esa misma energía vital de antaño, a enfrentarme a una de las cosas que más me ha costado en estos 34 años que cargo: ser perseverante, tener continuidad, sostener algo por varios meses que solo dependa de mí. Y reconocer, otra vez, al amor como una fuerza de aprendizaje como ninguna otra.

El universo tiene una forma a veces irónica de darte una lección y para mostrarte que todo lo que das por sentado, todo lo que abrazás, todo lo que pensás que te define y te delinea, desaparece un día en un trip de anestesia, y te encontrás otra vez construyendo a esa persona que sos, una especie ya no de borrón y cuenta nueva, sino más bien otra versión de vos que bien podría tener unos bugs muy distintos a los que conocías.

¿Quién dijo que iba a ser fácil?

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