El egoísmo de no querer ser madre

la maternidad será deseada o no será

En enero de este año me hice la ligadura de trompas. Esta experiencia me puso cara a cara con la incomodidad que provoca en muchxs que una mujer manifieste que no desea la maternidad y, peor aún, con la realidad de que a muchxs les suena abominable que por voluntad propia le haya quitado a mi cuerpo esa posibilidad. Nacer con útero pero no tener intenciones de usarlo roza, todavía hoy, con lo tabú. Me resulta difícil comprender por qué un acto de soberana libertad es algo que tiene que decirse en voz baja o no decirse en absoluto. ¿Qué es lo que lleva a una mujer en sus 40s a una decisión irreversible? La explicación es bastante sencilla. Desde hace años tengo la certeza absoluta de que no me interesa ser madre, y desde el primer momento en que lo enuncié, el egoísmo surgió como la lectura “natural” de otrxs a esa decisión tan personal e íntima. Y ya es hora de desarmar la carga peyorativa de ese concepto.

Sí, ligarme las trompas es para mí una acérrima defensa de mi libertad. Me gusta mi vida como es ahora; prefiero no tener que ocuparme de otrx y su universo de necesidades. Prefiero que absolutamente nadie dependa de mí para sobrevivir. Me tranquiliza que todas las buenas o malas decisiones que pueda tomar en los años por venir sólo me impactarán a mí. Me gusta dormir hasta tarde los fines de semana. No deseo una vida al borde del colapso emocional, físico y financiero que me transmiten amigos, amigas y hasta desconocidos –este thread en Twitter es épico-, en sintonía con un storytelling de la mapaternidad más realista, más sincero. Y en un país que no me da la libertad de abortar de forma legal y segura, un embarazo no deseado es una pesadilla por la que no me interesa transitar a esta altura de mi vida.

Muchas veces he leído declaraciones muy grandilocuentes de que la decisión de no ser madre es un acto de egoísmo. Y estoy por completo de acuerdo con eso: no elegir la maternidad significa que sé exactamente lo que quiero para mi vida y que me lo procuro independientemente de lo que piensen otrxs, de la misma manera que hacen aquellxs que deciden traer chiques al mundo. Esa falsa noción sobre el egoísmo de no desear la maternidad ha aleccionado históricamente a mi género, del que se espera el sacrificio por lxs otrxs, el cuidado a lxs demás, y el ridículo mandato de ser el pilar del hogar: todo lo que, bajo la amable categoría de “amor”, ha disfrazado el trabajo no remunerado de miles de mujeres, por innumerables generaciones. Si ser egoísta es defender y ponerle el cuerpo a lo que sé que quiero, entonces quiero revalorizar esta palabra, que carga con un sesgo negativo con el que no puedo estar de acuerdo en este caso.

Ser mujer significa que otrx sienta el derecho de vociferar en voz alta “cuándo vas a darle un nieto a tu suegra” en una reunión familiar. Ante ese escenario podés elegir entre 1) sonreír y hacerte la boluda 2) ensayar una respuesta elegante pero antipática o 3) pudrirla con un escándalo. Yo oscilo entre estas dos últimas, y ahora ya me importa poco si incomodo a lxs demás porque el feminismo terminó de abrirme los ojos sobre que es necesario dejar de sonreír cuando te incomodan, te lastiman o te maltratan. Que se me pregunte en voz alta acerca de una decisión tan íntima me parece un atropello que pide a voces un activo aleccionamiento. Esa falta de respeto es doble cuando quien pregunta sabe de antemano la respuesta: es como si, en la fuerza de la repetición, algún día yo fuera a darme por vencida y decir “¿sabés qué? Me convenciste. Ya mismo voy y le pido a #novio que me haga un pibe”. ¿No deberíamos empezar a sancionar a lxs  desubicadxs que lanzan esas preguntas impunes, amparados bajo la premisa de que “mujer” es un equivalente directo a “madre”? Claire Underwood lo hizo de una manera magistral, digna de copiar.

Otro de los argumentos favoritos de los que en toda mujer ven una madre es la cuestión de la vejez: ¿quién te va a cuidar cuando seas grande? Y yo me pregunto: ¿es la maternidad la garantía de que pasarás los últimos años de tu vida rodeada de amor y cuidados? La respuesta es obvia: no necesariamente. Tengo en mi familia todas las variaciones posibles del vínculo madre-hijx en los momentos finales de la vida, desde el amoroso acompañamiento y atención, hasta el resolutivo uso del dinero para garantizar la vida de la adulta mayor en un lugar decente. Pero el dinero que compra un lugar en un geriátrico de ninguna manera puede comprar el cariño y la devoción. En todo caso, pensar la maternidad en función de quién se ocupará de mí cuando sea vieja es una preocupación fútil ante la aleatoriedad de la vida, ya que bien podría atropellarme el 152 la próxima vez que salga a una reunión de trabajo y dejar en consecuencia un bello cadáver a los espléndidos 41 años.

Mi visión oscura sobre el futuro de la humanidad constituye otra arista no menor. Tengo un profundo conflicto sobre si es ético traer más humanos a este mundo y ya escucho por anticipado a lxs amantes de Steven Pinker y su convencimiento de que el-mundo-está-mejor-que-nunca. Pero yo no lo veo así. Los humanos hemos convertido a la Tierra un lugar siniestro y eso no va a mejorar, entre la radicalización de un estilo de vida cada vez más consumista y expulsivo, la escasez de recursos vitales como el agua y el envenenamiento progresivo de todo lo que nos rodea por los desechos que nosotros mismos producimos. Sólo basta ver The Road como para tener una pintura de lo que nos espera, o repasar esta escena brillante de la no menos brillante serie británica Utopia.

Una de las cosas más difíciles de no desear la maternidad y decirlo de forma pública es que muchxs se sienten insultadxs por ello, como si esa no-elección fuera un alegato contra la elección de los otrxs, un mandato hacia ellos, una forma de decir que están equivocadxs por tener hijes y yo tengo razón por no desearlos (?). Cuando compartí en Twitter el párrafo de esta entrevista en la que Virginie Despentes habla sobre la maternidad, asistí atónita a una catarata pública y privada de ofendidxs, como si estar de acuerdo con la manera cruda en la que ella explica su decisión de no maternar actuara de manera automática como un imperativo para lxs demás y, para mi total estupor, como si eso significara una completa falta de empatía con lxs que atraviesan el durísimo camino de buscar de manera infructuosa un embarazo.

Es curioso: cuando leo declaraciones del tipo “lxs que no tienen hijos no saben lo que se pierden”, “ser madre es lo mejor que te puede pasar en la vida” o “no entiendo a lxs que no quieren ser madres” yo no me siento interpelada de forma personal, ni ofendida o atacada. Básicamente me da lo mismo lo que los demás opinen sobre el tema, de la misma manera que entiendo que a los demás les debería ne fregar lo que opino yo. No querer ser madre no te hace despreciar embarazos y nacimientos ajenos, no te restringe la posibilidad de compartir la felicidad ajena de una manera genuina. No querer maternar no te amputa la empatía, la sororidad y la solidaridad ante la descomunal tarea de criar chiques de bien en el mundo de hoy. Es sólo, nada más ni nada menos, una elección individual que no proyecta –por lo menos en mi caso- hacia ningún lugar que no sea hacia dentro mío.

Formo parte de una pequeña porción de mujeres cis, con ciertos privilegios de clase, que vivimos en ciudades democráticas de Occidente, y que por primera vez en la historia tenemos la posibilidad real de elegir lo que queremos hacer con nuestras vidas y nuestros úteros, luego de muchísimas generaciones de mujeres del pasado y del presente que no tuvieron ni tienen esa prerrogativa. Convivimos en un mismo momento histórico las que ya son madres, las que quieren serlo y pueden, las que lo intentan y no pueden todavía, las que no están seguras si quieren, las que congelan óvulos por las dudas y las que tenemos la certeza total de que tener hijxs no es para nosotras. Todas esas elecciones le hacen los honores a lo que -a mi entender- es el máximo valor que hemos construido de forma colectiva: el libre albedrío.

Es menester decirlo en voz alta, una vez más: la maternidad será elegida o no será.

Mi amor, la libertad es fantástica.

Nota al pie: lxs que quieran saber más sobre la ligadura de trompas pueden leer este documento que repasa los puntos más importantes sobre el procedimiento. Y me pueden escribir a laclaux.alderete@gmail.com o mandarme un DM en Twitter si tienen dudas o preguntas sobre cómo fue mi experiencia.

  1. Anónimo

    Desde que te conocí y hablé este tema con vos como hace 10 años (yo en plena búsqueda de hijos sin éxito en aquel momento) compartí tu visión sobre esa libertad. Este mundo es duro para quienes toman esa alternativa.
    Lamentablemente las mujeres están (en esta no me incluyo) llenas de cliches que son mas defensas que certezas, del tipo “no sabes lo que te perdes…”. Hoy tengo 2 hermosos hijos y sigo pensando que nada tiene que ver tener o no hijos con la búsqueda personal de la felicidad. Te mando un beso clau querida.

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    • laclaux

      Muchas gracias ❤ Que recuerdes una conversación de hace una década y que podamos reflexionar sobre ella me emociona porque quiere decir que permeó un punto de vista que siempre fue defensa de la libertar por sobre todas las cosas. Para mí, eso es la felicidad, cualquiera sean las formas en las que esa libertad se manifiesta 🙂

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  2. marina agra

    Más allá de lo excelentemente bien redactado de este texto -que no puedo dejar de apreciar- valoro enormemente tu visión y tu voz. Seamos libres. Miremos para adentro.

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