#nadar

Hoy nadé.

Mi cuerpo no se acostumbra todavía a ese entorno líquido y apenas resistente, ese ámbito tibio y ondulante que se amolda a mi figura, le pone apenas resistencia y la envuelve de una manera tenue, gentil. Pienso a veces que toda esta extrañeza ante esa liquidez circundante no tiene sentido, dado que pasamos los primeros 9 meses de nuestras vidas –semanas más, semanas menos- flotando en ese fluido vital que mezcla proteínas con seguridad.

Nadar es siempre una lucha contra la muerte por inmersión. Para alguien como yo, que nada pero que no sabe nadar, digamos, de manera sincronizada y prolija, no es extraño que durante los primeros minutos de cada clase todo se resuma a tratar de mantenerme con vida y atravesar los metros de agua con cierta gracia y cierto orden. Una serie de mecanismos de repetición y precisión se ponen en marcha para aprovechar al máximo la conjunción entre el cuerpo y el agua: hay una danza cronometrada entre patadas, brazadas y oxígeno que, bien ejecutadas, transforman tu devenir sumergido en una experiencia superadora. El triunfo de la destreza humana por sobre un ambiente para el que no fuimos diagramados.

Pero como la sincronía no forma parte de mi naturaleza y la gracia es una visita infrecuente en mi persona, algo completamente diferente ocurre: nadar se convierte en una lucha por mantenerme viva. Esos magros 50 metros, que sobre tierra podría hacerlos inclusive con una sola pata y en taco aguja si así lo quisiera, se convierten en un epopeya que demandará llevar al extremo mi capacidad de coordinación y supondrá todo un reto para mi fortaleza mental. En el agua, la amenaza subyacente de perecer con los pulmones reventados de gentil líquido despierta un instinto de supervivencia que, puesto a prueba, me hace suponer que habría de encontrar la manera de flotar hasta Uruguay si fuera necesario.

Hay una relación directa entre el ritmo y la capacidad de mis pulmones que descubrí el primer día de clases, hace unos tres meses. Sin medida alguna del esfuerzo físico que habrían de suponer los primeros 50 metros de pileta de mi vida, me lancé a nadar como si Meolans se hubiera apoderado de mi espíritu. Mis brazos y piernas rasgaron el agua en un despliegue de poderío que tuvo poca vida. Llegué al otro extremo de la pileta boqueando como si un imaginario pulmotor se hubiera quedado sin batería y mis pulmones fueran incapaces de cumplir su función. Me latían las sienes y el corazón parecía a punto de salirse por mi boca. Me sentía agotada y derrotada ante el panorama de tener que nadar de regreso hacia donde la profesora me esperaba. Incapaz de incorporar elementos de calibración  y mesura, también en el viaje de vuelta metí brazadas y patadas como si el tiburón de Spielberg se hubiese metido en la pileta de Defensores de Olivos. En el último metro me arrojé con fuerza sobre el borde de la pileta, me agarré con las dos manos y me propuse no salir de ahí hasta no haber recuperado como mínimo la compostura.

Con el devenir de los largos, hice un esfuerzo por aminorar la marcha y avanzar lento pero sostenido de un lado al otro de la pileta, y me desperté a otras sensaciones: lo maravilloso de flotar en un medio líquido con el cuerpo más liviano y que se mueve a una velocidad diferencial. Cuando empezás a nadar toda tu atención está puesta en la ingeniera de movimientos que tu cuerpo tiene que realizar para surcar el líquido y moverte hacia alguna dirección que no sea el fondo. He ahí la magia: la atención mental se concentra en cada milimétrico movimiento, y entonces es imposible pensar en cualquier otra cosa.

Nadar es una forma demandante pero infalible de paralizar por completo al hámster mental. No hay medias tintas, no hay una posibilidad de convivencia entre la concentración necesaria para coordinar los movimientos y la maraña de preocupaciones, ansiedades y fantasmas que pueden habitar la cabeza de cualquier mujer u hombre y que me atormentan desde que tengo memoria. Hay ansiedades demasiado monstruosas para ser dominadas por la sola voluntad. Pensar en otra cosa que no sea la sucesión de movimientos y respiraciones redunda de manera automática en desconcentrarte y su consecuencia casi inmediata, tragar agua o que no te alcance el oxígeno que chupás con fruición cada vez que te toca sacar la cabeza para respirar. Mi espíritu siempre inquieto encuentra en el agua una magnífica forma de poner en hold -aunque sea por una hora- ese hamster mental implacable que atraviesa por un momento de absoluto esplendor y que aprovecha cualquier espacio para meter el tiki-tiki-tiki-tiki-tiki de su rodar frenético.

Patear, pinchar el agua con la mano por arriba de la cabeza, impulsar el agua con el brazo, girar la cabeza para respirar, volver a pinchar el agua para tomar impulso… una rutina que se repite infinidad de veces durante esos 60 minutos y que, en aquellos momentos en los que no me estoy ahogando o sorbiendo oxígeno como una vieja de agua que algún desalmado desalojó del lecho del río, me parece algo maravilloso. La última media hora de cada clase es cuando de verdad disfruto de nadar, cuando dejo de preguntarme por qué estoy haciendo esto.

Hace millones de años alguna versión acuática de lo que más tarde se convertiría en un homo sapiens se abrió camino hacia la tierra firme, y tantos millones de años después se puso de pie. Yo hoy vuelvo de nuestra diáspora terrestre a flotar y deslizarme en ese ambiente que de alguna manera nos vio nacer como especie. En algunos momentos, cuando esa sincronía entre mis miembros, el líquido y el oxígeno de equilibra de una manera casi mágica, me encuentro pensando que ahí estoy otra vez, buscando superarme, esforzándome por dar un poco más, tratando de dejar atrás contracturas y tormentos, luchando contra un medio que me es ajeno, haciendo el camino inverso de aquella criatura prehistórica que salió del agua para evolucionar.

Yo nado para mantenerme humana.

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