Cosas que aprendí construyendo mi casa

casa nueva

Con los mitos populares te pueden pasar dos cosas: refutarlos o confirmarlos con la más absoluta de las certezas. Es de público conocimiento que mudarse es uno de los mayores causales de stress por el que puede atravesar un individuo (separación, muerte de ser querido y no tener trabajo son las otras). Estoy aquí para afirmar sin duda alguna que la combinación de obra+mudanza es capaz de sacar de eje al más centrado de los seres humanos: es un camino lleno de altibajos y desafíos, en el que sos incapaz de salir indemne. No importa que tan zen seas, o si hiciste con tu pareja un pacto de no agresión durante ese período crítico de la vida en común: lo cierto es que tarde o temprano, diversos factores construyen en tu psiquis una necesidad acuciante de que el proceso se termine y no ver a ningún albañil, pintor, parquetista y sus consecuencias secundarias, el polvillo y la mugre, nunca más en tu puta vida.

Comprar una casa y remodelarla debe ser, en mi propia escala personal, lo más adulto que me pasó hasta ahora. Nunca nada me ubicó tanto en tiempo y espacio en estos 37 años que tengo como el hecho de estar inmersa en un proceso cuyo output será vivir por vez primera en una casa cuyas canillas, pisos, colores y luces fueron elegidas por #novio y por mí. Menuda sensación: sé que la casa es legalmente nuestra, y sin embargo me es imposible aún hablar sobre ella como “mi casa”. Uso para eso el eufemismo #CasaNueva, dado que no vivir allí todavía no me habilita para declararla como mía desde lo vivencial, aunque los papeles digan otra cosa.

Desde hace 7 meses, #CasaNueva se lleva la casi totalidad de nuestro tiempo libre los fines de semana, incontables llamados y decisiones de lunes a viernes, y una expectativa y una ilusión que desconocen por completo que en el medio tenemos que seguir funcionando como profesionales, pareja, amigos e hijos. Una confesión: resulta imposible seguir con el ritmo de tu vida pre #CasaNueva. Ella aparece en el horizonte, demandante y ubicua, insoslayable y deseada, y aún así, tremendamente agotadora, para llevarse cada minuto libre del que dispongas porque hay demasiadas cosas para hacer.

Desde una casa freezada en los 70s en estilo y funcionalidad, transitamos el cambio hacia una casa más luminosa, más neta, más despojada, definitivamente moderna. En el medio fue necesario dinamitar la cocina y el baño (literal), arreglar un problema de humedad desatendido por décadas, liberar un piso de parquet de eucaliptus que jamás había sido pisado por un ser vivo dado que estuvo cubierto por una alfombra (horrenda) durante años, y recuperar un patio maravilloso por completo descuidado. Un proceso que empezó en septiembre y todavía no terminó.

La casi totalidad de ese proceso queda en las manos de los diversos profesionales del rubro de la construcción que hacen posible la magia de un extreme makeover. Me gustaría poder escribir acerca de una maravillosa experiencia con albañiles, pintores y parquetistas. Seria genial poder decir que fueron cumplidores, prolijos, limpios, eficientes, cuidadosos. Esta es la cruda verdad: no lo son. Parece formar parte de la quintaesencia de muchos miembros de los diversos gremios de la construcción pasarse por el upite los plazos acordados ni tratar a la casa en la que están trabajando con el amor suficiente para no distribuir basura por cada rincón (botellas, restos de comida, colillas de cigarrillos) y para no llenar de rayones las paredes prístinas pese a sus promesas de “no se preocupe señora que las paredes no las vamos a tocar”.

Algunos de estos profesionales han sido capaces de prometernos durante dos semanas enteras que “mañana terminamos”. Otros pueden desconocer la regulación vigente para la instalación del gas y entonces, cuando pensábamos que la hermosa cocina de azulejitos blancos como los del metro de Londres quedó divina, nos anoticiamos de que la llave de paso está a 17cm y no a 40 como marca la regulación. Y que habrá que destruir los azulejitos, picar las paredes y rehacer la fucking llave y los azulejos porque el que la hizo pecó de ignorante e irresponsable. Y ni hablar de pagar la mano de obra y los 2000$ del trámite para que te reestablezcan el servicio de gas, obvio. O parece ser normal que el albañil se olvide de poner el porcelanato en el piso de la cocina, dejando una pequeña esquina con el contrapiso a plena vista lo cual requirió dos semanas de persecución telefónica para lograr que lo arregle. Otros tuvieron el tupé de usar nuestro reluciente inodoro para hacer sus necesidades… sin tirar la cadena. Y para mi total indignación me tocó encontrarme con un regalito flotante y una patinada obscena sin siquiera haber hecho yo un chorrito de pis en mi baño nuevo.

Una de las cosas más complejas a nivel mental en el proceso de remodelar una casa es la certeza de que estás a merced de las personas que contrataste; y no importa con qué pergaminos y recomendaciones vengan porque el rubro parece tener una recurrencia en la falta de cumplimiento y en la pachorra con los deadlines. Eso puede ser enloquecedor en ese proceso fordista de remodelación de una casa que indica que entra el albañil quien sale para que entre el pintor quien sale para que entre el del parquet. Un retraso mínimo en cualquier punto de la cadena es un efecto dominó que demorará de manera irremediable el resto del porvenir de la obra. Y así es como terminás contando los días que te quedan para entregar el departamento en el que vivías al mismo tiempo que la #CasaNueva esté habitable al menos con luz, agua y gas. No hay nada que puedas hacer para evitarlo: relajate y gozá.

Por otro lado, toda proyección económica de lo que costará la obra es una pérdida de tiempo. Nada sale lo que te dijeron. Siempre surgen imprevistos, novedades y necesidades que van a llevar más plata de lo que habías calculado: esto es ley. Y como diría la polémica Lita, “camine señora camine” porque podés encontrar diferencias de hasta ¡1.000$! en un mismo juego de artefactos de baño entre dos retailers de productos de construcción. Definitivamente los tornillos y tarugos son más baratos en la ferretería del barrio, y no hay nada como el ácido muriático para deshacerte de los restos de material pegado a las baldosas del patio. Cosas que aprendés andando y que nadie te cuenta.

Creo que este proceso hubiera sido imposible de abarcar en soledad. La compra y remodelación de una casa pone a prueba a la pareja y no nos tocó ser la excepción. Hubo más peleas que lo habitual, más desacuerdos que de costumbre, pero al final del día ese amor que nos une aflora y nada es tan importante como el hecho de que estamos construyendo un hogar de a dos, un compromiso mutuo que ha salido airoso de los baches en este tránsito novedoso y sorprendente.

Una de las cosas más maravillosas de este camino llamado #LoQueAprendíConstruyendoMiCasa es esa ensoñación permanente que me lleva a mirar cada rincón de la casa y ponerle encima una especie de diapositiva imaginaria de cómo pienso que va a quedar cuando todo termine: qué cuadros van a cubrir las paredes, qué plantas van a crecer en el jardín, cómo van a ser los desayunos en el living más luminoso en el que viví jamás, los asados con amigos en el patio enorme, dónde vamos a poner las cuchas de los perros, cómo los pichichos van a calentarnos los pies en las noches de invierno mientras miremos la tele y cómo vamos a mirar con ellos la lluvia desde adentro por el ventanal enorme, acariciándoles las orejas porque ser el humano de un perro es algo que deseo desde que me mudé sola por primera vez, hace ya 13 años.

De las entrañas de los contratiempos, el polvillo y la mugre, surge poderosa la promesa de todo lo que vendrá. Y una sonrisa explota incontenible en mi cara. Y le doy la mano a #novio y le digo sin duda alguna qué felices vamos a ser viviendo en la casa que nosotros mismos nos procuramos después de haber laburado desde muy jóvenes, y que será sin dudas la casa más hermosa sobre la Tierra.

Eso se llama felicidad.

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  1. Gimena Río Mezzadri (@peluz)

    Quiero fotos! Con amigos en un momento estábamos todos con mudanzas y remodelaciones, nos juntábamos para cagarnos de risa de nuestras desgracias con los trabajadores de la construcción. O sea, nos cagábamos de risa pero era para llorar, el que venía para arreglar algo te rompía otra cosa..ya en un punto no querés que venga nadie más

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