#Hijos

 

oldie copia

Paola, Nora y yo en los 80s

“Si me seguís pegando le voy a decir a tu papá”, le grita una madre a su hijo de 12 años. Sólo unos días después el nene le revolea una lata de pintura por la cabeza y sale al pasillo del edificio gritando por auxilio y pidiendo que alguien llame a la policía. Apenas un par de jornadas más adelante, el mismo nene de 12 años regresa a su hogar y cuando se cierra la puerta comienza un raid de destrucción al grito de “te odio, te odio”, y rompe a patadas biblioteca, cuadros, adornos, mesas y todo lo que hay a su paso. Ahora es su madre la que pide auxilio al encargado del edificio. También viene la policía. El niño es llevado lejos del hogar por sus abuelos. Más tarde, en una charla desgarradora, la madre confiesa que ya no sabe qué hace con él, que está cansada, que no tiene un mango, que apenas puede salir de su casa, que su hijo le hace la vida imposible a su nueva pareja. “Es un monstruo”, sentencia. En los días siguientes no se escucha al niño en la casa. Tampoco a la madre. Apenas a los caniches, llorando en la soledad de una casa vacía.

Esto ocurrió en la vida real, en el departamento al lado del mío. Apenas nos mudamos, con #novio no tardamos en escuchar las peleas constantes, el maltrato mutuo, el llanto desesperado del niño pidiendo no ir a la casa de su padre; el llanto del niño porque su madre no le quiso comprar unos auriculares de 50 euros, el llanto del niño porque no hay Internet y su madre está hablando por teléfono con una amiga y no le presta atención. Somos testigos auditivos de la vida de los otros, y no parece una vida feliz, pacífica ni equilibrada. Ninguno de ellos parece ser feliz. Todas las peleas escalan rápido, no importa qué tan entrada está la madrugada. Una sola vez, harta del escándalo, semidormida y en bata, les toco el timbre y les pido si son tan amables de bajar la voz, que por tercer fin de semana consecutivo la paz de nuestra nueva casa se ve alterada por el síntoma de una familia disfuncional e infeliz, que son los gritos, reproches e insultos que atraviesan nuestras paredes y suenan como si ocurrieran en el living.

Durante todos estos días he pensado mucho en ellos. No los conozco, apenas sé el nombre de la madre, a quien fui a presentarme cuando empezamos las obras de remodelación para avisarle que íbamos a hacer ruido y pedirle disculpas por adelantado. Al nene lo he visto un par de veces; luce como un chico de 12 años común y corriente, con sus camisetas de equipos de fútbol europeos, sus Crocs y su mochila desproporcionada. Pienso en ellos y una sola pregunta se me viene a la cabeza: ¿en qué momento el tejido de una familia se destruye de forma tal que un chico de 12 años es capaz de agredir físicamente a su madre? Esto es lo extraño: al principio, cuando con #novio recién empezamos a escuchar sus peleas, pensábamos que la maltratadora era la madre. Con el devenir de los días y para nuestro absoluto asombro, descubrimos que era el nene y no la madre el catalizador de las escaramuzas y los intercambios verbales crueles. La madre sonaba siempre a la defensiva, preguntándole en infinitas ocasiones “¿Qué te pasa, por qué llorás? Decíme” para recibir como respuesta más gritos y más insultos.

“A los 11 o 12 años nos parece que todos los ‘grandes’ están en contra nuestra y no nos damos cuenta que no son los otros los que cambian sino nosotros. […] En esos momentos tan especiales, de tanto cambio, necesitamos que los grandes que están a nuestro alrededor nos den seguridad siendo firmes. Poniéndonos límites y “aguantando” nuestro desorden. Como si algo que se rompe (el adolescente) necesita una cajita (los adultos) para que esos pedacitos estén seguros y no se pierdan, hasta que se vuelva a armar una sola pieza. La fidelidad de los adultos que nos rodean es lo que nos ayuda a encontrar nuestra identidad, nuestro lugar en el mundo”.

Vilma Nuñez, mi maestra de séptimo grado, me escribió esto en una larga carta en respuesta a una mía en la que le pedía ayuda porque me sentía perdida y no sabía quién era. Hija de un hogar a veces violento física y psicológicamente, y la mayor parte de las veces sin ninguna clase de nutrición emocional, busqué afuera una especie de salvavidas, una explicación a la furia, al miedo, a la desorientación que esa parte de mi vida me provocaba. Sublimé gran parte de ese paso traumático de la niñez a la adolescencia leyendo a Julio Verne, escribiendo cuentos de aventuras inspirados en Los Goonies y en Dos años de vacaciones, y merodeando las calles de Ituzaingó con una pandilla de preadolescentes tan perdidos como yo. Mis padres se enfrentarían a la encrucijada de qué hacer conmigo unos años después, a partir de mis 15 años.

Pienso en mi preadolescencia y pienso en mi vecino. Pienso en su madre desbordada hasta el agotamiento, pienso en su padre que parece no aparecer en los momentos de crisis (no tenemos registro de su voz). Pienso en el ataque de locura del pibe y también en su llanto desgarrador. Pienso en su capricho, en su demanda de objetos carísimos, en su dependencia casi absurda de su madre ante un problema tan nimio como la falta momentánea de Internet. Pienso en cómo mi viejo me paralizaba de terror con una mirada ante la posibilidad de una explosión de violencia y cómo mi vieja tenía la mano suelta para cachetearme cuando lo consideraba necesario. Dos extremos en los que la figura del adulto como una cajita contenedora dista mucho de ser realidad.

No soy madre. Cada vez que pienso en escribir sobre temas relacionados con la paternidad me detengo a pensar desde qué lugar podría hablar de una experiencia por la que no he pasado. Después pienso: soy hija, soy tía, tengo varios amigos que son padres y, sobre todo, tengo ojos y oídos. Algunos lugares de la ciudad, en especial los supermercados y los restaurantes, son grandes sitios de observación acerca de cómo funciona la dinámica de muchos padres e hijos hoy. Con asombro y espanto asisto a escenas en las que pequeños dictadores de cuatro o cinco años deciden qué se compra y qué no, que con capaces de convertir la experiencia de compra de sus padres en una tortura mediante gritos, pataleos y llanto con el solo objetivo de que le compren su yogurt favorito o el último postrecito de moda. Con horror escucho cómo una familia cercana cambió su destino de vacaciones de la playa a las sierras porque al niño de la familia, de tres años de edad, no le gusta la arena. Sé de hijos con problemas de socialización porque pasan más horas conectados al iPad que ensuciándose la ropa trepando paredes y árboles. Conozco chicos que hablan en castellano neutro porque el chupete electrónico que es la televisión no es inocuo, por supuesto que no. Veo niños hipnotizados, ausentes de la mesa familiar en cualquier parrilla o bodegón, jugando vaya a saber a qué juego, mientras sus padres aliviados cenan en paz porque el pibe no jode, y recuerdo con cariño las escaramuzas con mis hermanas y primas en los 80s en El Bagual, en Gral. Paz y Beiró, luchando por la canasta de pan, la silla en la cabecera de la mesa o por el solo gusto de alborotarnos, y cómo nuestros padres cada tanto revoleaban una mirada más fría que la Steel que nos dejaba calladitas por un rato al menos.

Algo está muy mal y nadie lo dice. Algunos padres están cansados, agotados, desbordados y sus hijos son lo último con lo que tienen ganas de lidiar al llegar a casa o en su tiempo libre. Nada mejor que llenarnos de dispositivos que mantengan su atención lejos, envueltos en el silencio de un mundo online que los consume y menoscaba todos los días un poco más sus habilidades sociales face-to-face. Padres que crían férreos dictadores que digitan el comportamiento de los adultos que deberían ser un faro para ellos.  “No le gusta que le digan que no” me dijo una amiga cuando su hija estalló en lágrimas y gritos porque osé decirle que no le prestaba mi celular para jugar. Hola madre: el mundo se va a encargar de decirle que no tantas pero tantas veces que se va a deshidratar llorando. Hijos sin tolerancia a la frustración, hijos que no valoran el esfuerzo que sus padres hacen para darles vivienda, alimento, vestuario y educación.  No sé si es por culpa, cansancio, por no querer repetir los errores de sus propios padres o porque ser padre es una de las tareas más complejas y agotadoras del mundo: miro a mi alrededor y veo cada vez más padres incapaces, padres que la están errando fiero en la tarea de criar pequeños seres humanos que los respeten, que valoren lo que tienen, que entiendan el esfuerzo que conlleva todo, que puedan conectarse con el mundo fuera de la pantalla, rodar por el pasto, tirarse piedras con la pandilla enemiga, treparse a arboles o entretenerse simplemente con la imaginación que los haga volar a mundos muy lejos de casa sin esa necesidad enfermiza de estar sobre-estimulados cada minuto del día. Pibes que se aburran y que se la banquen. Pibes que se dediquen a observar a las hormigas, hagan casas con cartones y se metan en terrenos abandonados a ver qué hay.

¿Quieren algunos padres ser padres? En un capítulo de House of Cards, una madre de tres hijos le pregunta a Claire Underwood “¿Nunca se arrepintió de no haber tenido hijos?”. Claire sonríe. “¿Nunca se arrepintió de haberlos tenido?”, le responde. La madre sorbe de su te sin decir una sola palabra.  Cada vez que digo que no quiero ser madre encuentro harto sencilla la explicación: me sé incapaz de la entrega, la paciencia y la constancia que requiere la tarea. Y como mujer de casi 38 años soy consiente de eso, y elijo en consecuencia, para no enchufar después al pibe a una pantalla para sacármelo de encima o llorarle a una amiga porque simplemente no puedo más y no sé qué hacer. ¿Lo habrá pensado así mi vecina, que termina pidiendo ayuda a los gritos porque su propio hijo, esa criatura que llevó 9 meses en su cuerpo, parió con dolor, cuidó con esmero durante 12 años, sacrificó su propio bienestar por él, la agrede físicamente y ella se encuentra incapaz de manejar una situación en la que como adulta tiene la mayor parte de la responsabilidad de que escale hasta ese punto?

Año 2016. La fantasía de la paternidad como lo mejor que te puede pasar en la vida está camino a ser reescrita con una visión más realista y, sobre todo, como una opción consciente. Que esa versión ayude a futuras generaciones a entender de forma cabal qué significa ser padre, cuánto sacrifico, arrojo, paciencia y amor requiere, y que la tarea fundamental de un padre es guiar, acompañar, escuchar, comprender, amar y por sobre todas las cosas, poner límites y decir que no. O lo hacés vos, querido papi o mami, o lo hará la vida, y tu hijo no tendrá herramientas para enfrentarla.

O un día tal vez te encuentres que te revolea una lata de pintura y que, para tu enorme fortuna, le erra. Y te empieces a hacer preguntas.

 

 

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