103 días con #Lucy

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Todos los perros, un perro.

Lucy.

A Lucy le gusta dormir al sol, olisquear el viento con su nariz húmeda que nace en un morro rosado y suave, y escalar la mesa y los bancos del patio. Sus enemigos naturales son sin dudas el agua y los gatos. Lucy ama la gente: por la calle cuando salimos de paseo, le mueve la cola blanca y pelicorta a cuanto ser humano pase. Supongo que es un resabio de su vida callejera, en la que sus ojos castaños, de mirada humana, y su natural empatía con las personas la ayudaron a sobrevivir.

Verla fue amarla. Una perra suave, alegre, con las costillas y las caderas sobresalidas en su cuerpo hambreado, de pelaje blanco sucio y ojazos compradores. Lucy llegó a mi vida (y a la de #novio) a ser la primera mascota de la vida adulta, luego de años anhelando la posibilidad de ser el humano de un perro. El primer ser doliente a mi cargo; por vez primera una alma bajo mi responsabilidad, más allá de mi propia alma que tantas veces he hecho naufragar. Vino a mi vida a enseñarme más sobre el compromiso, la paciencia, la lealtad, la alegría y, por supuesto, sobre la capacidad de amar y ser amado.

No sé mucho sobre el pasado de Lucy, que se adivina cruel en su cuerpo y en sus costumbres, y en el que prefiero no pensar demasiado. Su ser delgado, grácil, da testimonio de la pesadilla. Tiene una profunda cicatriz en el nacimiento de una de sus largas patas y sus dientes (y su aliento) atestiguan que sobrevivió al moquillo y que lleva en este mundo unos tres o cuatro años. La forma en la que anhela comida de manera permanente, su costumbre de meter la cabeza en el tacho de basura para rescatar restos de envoltorios de manteca o de fiambre son la materialización de que pasó hambre y que no importa cuántas veces repitamos el ritual de servirle su platito de alimento dos veces al día, hay desgracias que no se olvidan tan fácil o no se olvidan jamás.

Un ser lleno de amor de Cruzada Callejera la rescató de una jauría de perros que la arrinconaba contra una calle en Constitución, y le dio asilo hasta que cuatro meses después nuestros caminos se cruzaron. A veces su necesidad física de cercanía con nosotros me apretuja el corazón: Lucy necesita sentirse cerca. Ahora mientras escribo tiene su cabeza suavemente apoyada sobre mi pierna y se queda así, quietita, como reasegurando con esa proximidad que no voy a irme.  Cada tanto me empuja el brazo buscando una caricia, para volver a quedarse quieta, hasta quedarse dormida parada, y buscar luego con resignación el felpudo del living. Me mira desde lejos y a cada mínimo movimiento habrá de levantar las orejas, esas orejas marrones voladoras que le gusta hacer flamear al viento suave del patio, y entreabrirá los ojos monitoreando qué es lo que hago. Pasa mucho tiempo pegada a nuestras piernas y a #novio y a mi nos hacer reír a carcajadas su costumbre de sentarse con el culo entero sobre nuestros pies.

Reír es algo que Lucy me provoca a diario por sus caninas costumbres que ya casi no recordaba (lejanos mis perros de la infancia y la adolescencia): correr enloquecida por el patio como si la persiguiera un otro imaginario; encontrarla sentada cual esfinge arriba de la mesa del patio, observado el panorama, los pájaros, el cielo; su saludo de la mañana, esa serie interminable de roles en el piso que le han merecido el apodo de “The Rolling Dog”. Amo su complejo de caniche, que tiene toda una secuencia de desarrollo: testarudos intentos de subirse a mi falda, primero con una pata suave apoyada sobre la pierna, acto seguido con el torso entero arriba mío para terminar con una especie de chiripiorca con sus patas traseras para lograr el último envión. Se sienta con sus cuartos traseros en la totalidad de mi regazo y me mira de costado, ignorando con tranquilidad mis pedidos para que se baje, tentada yo hasta las lágrimas, rindiéndome a su encanto.

Me pregunto seguido si sentirá el amor que le tengo; la miro dormir y mover una de sus patas (resabio del moquillo) y deseo saber si mis sesiones de interminable besuqueo en la cabeza, el rascarle el cuello para que se quede dormida, la manera en que la acaricio cada vez que la tengo cerca le transmitirán la ternura y el cariño que me despierta. Quiero redimir todos los horrores pasados, lograr que olvide esa vida que desconozco y empiece de a poco sólo a recordar esta vida con nosotros que, le prometo seguido en voz baja, jamás jamás será ni parecida a la que conoció. A veces me devuelve una mirada de entendimiento que me hace un nudo en la garganta.

Amo a Lucy, ya no me acuerdo cómo era mi vida sin ella. Nos quedan muchos años de compañía y disfrute juntos, en esta familia de a tres, mi pequeña enorme familia humanoperruna que está completa de una forma distinta y maravillosa. Gracias a la vida que me ha dado tanto.

Cruzada Callejera está en Twitter también, los encontrás como @Crucallejera. Otros grupos rescatistas que recomiendo son Pichichos al Rescate (@PichichosR) y Cascote, un perro macanudo. Podés colaborar con tránsito, traslados, donaciones, apadrinar castraciones, etc. Apoyar el trabajo de los rescatistas es salvar vidas ❤ 

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