#crónicas vol1

La tiendita del placer

Desde afuera, el local no dice mucho. Apenas un par de maniquíes que lucen lencería erótica para las fantasías más variadas (una mucama sexy, una pseudo conejita de Playboy y un traje sadomaso donde abundan las cadenas y el cuero negro) dan una pista de que estoy a punto de penetrar en un mundo que lleva años dándome vueltas en la cabeza. Me adentro en el local segura de que esas cuatro paredes guardan secretos mucho, muchísimo más interesantes que esos disfraces, y con un potencial de goce infinitamente mayor.

En el imaginario colectivo un sex shop debe estar de forma necesaria en un lugar oscuro, lleno de carteles de neón, agazapado detrás de escaleras eternas: nada más alejado de la realidad. El recinto está bien iluminado y tiene amoblamiento muy cool en tonos violáceos. Una de las paredes está tapizada de películas porno (veo mucha silicona y mucho gato rubio) y del resto cuelgan percheros repletos de ropa interior hot para ellas y ellos. Portaligas, catsuit de red de varios colores, tangas que apenas se diferencian del hilo dental, sungas de leopardo, metalizadas o de peluche apenas llaman mi atención. Yo quiero más.

Los dos vendedores me saludan: ella, una rubia que ronda los 40, vestida muy formal; él, un bombón que me pregunta si puede ayudarme en algo. “Quiero mirar juguetes” le digo, y me señala una puerta que lleva a un segundo ambiente. Entonces sí, soy bienvenida al reino donde el único objetivo es transformar esa maravillosa actividad llamada sexo en algo todavía más lúdico.

En el recinto, los vibradores o dildos (odio la palabra consolador) son las estrellas indiscutidas. Me encuentro rodeada de aparadores rebosantes de modelos de todos los colores, materiales y, especialmente, tamaños.  Las dimensiones de algunos de ellos me llevan a preguntarme si habrán usado un modelo humano para fabricarlos, o si responderán a la fantasía golosa de algún hombre o mujer con grandes aspiraciones. Los hay imitando el color de la piel natural (en variedad caucásica, oriental y negra) y también en tonos más llamativos como verde fosforescente, fucsia, naranja, rojo o directamente transparentes.

Se impone usar el tacto para descubrir diversas texturas y para comprobar que en cuestión de  materiales también hay para todos los gustos. Algunos están hechos de una sustancia más bien rígida, que me recuerda a las muñecas articuladas de mi infancia. Rankean alto los de 100 por ciento silicona: son más suaves, se me ocurre que también más adaptables a la anatomía humana y estoy segura que con un buen lubricante garantizan altísimos momentos de placer, a solas o acompañada.

En rigor, sólo algunos modelos de vibradores de hecho vibran, y hasta tienen control remoto. Otros, más sencillos, deben ser activados a pura fuerza manual. Los hay con protuberancias que imitan los testículos, con una especie de arnés (supongo que para el sexo entre chicas, el siempre bien ponderado cinturonga) y hasta con unos llamativos relieves para estimular rincones más que interesantes de la anatomía de la mujer, a veces tan difíciles de comprender (y manipular) para algunos hombres. Dos elementos se llevan, lejos, el premio al exotismo: una prótesis fálica de material rígido y rellena de un líquido rojo que antes de jugar se puede congelar en el freezer o calentar en el microondas, y una especie de malla para el pene íntegramente cubierta de suaves pinches de silicona, y que ya desde su packaging promete levantar temperatura en zonas femeninas nunca antes alcanzadas.

Un sector del local guarda juguetitos para los amantes del sexo más heavy: látigos, toda una serie de palmetas de un material rígido como para dar nalgadas, esposas y una amplia variedad elementos para atar al amante de pies y manos dejarlo a merced. Me llama poderosamente la atención un sistema de ataduras compuesta por un collar de cuero del que salen dos cadenas; al final de éstas, un par de muñequeras con tachas. Se me ocurre que lo incómodo no debe quitar lo divertido para esos momentos en que los que no está mal pasar por sumisa al menos un rato.

El sexo anal también tiene su rinconcito especial: hay vibradores doble penetración, unos particulares collares de perlas de variados tamaños que prometen exploraciones infinitas y una amplia variedad de los tan necesarios lubricantes. En mi recorrida por los estantes descubro elementos especialmente pensados para los caballeros: vaginas de látex o silicona que respetan la configuración de las reales, unos cuartos traseros listos para dejarse conquistar y hasta una cabeza de mujer tamaño natural cuya boca jamás negará una fellatio.

No deja de sorprenderme la técnica puesta al servicio del placer de las féminas: es infinita la variedad de juguetes pensados para masajear el clítoris y el punto G, a pila y para calzar en un dedo y los estimuladores triples (vaginal, anal y del clítoris) a control remoto, de formas extrañas y que no alcanzo a comprender del todo cómo funcionan.

Me siento abrumada por la variedad. El bombón, que amablemente acompañó mi recorrida sin inmiscuirse, me recomienda visitar la página web del local y decidir en la tranquilidad de mi hogar. Un poco turbada, y con un par de folletos en la cartera para recomendar a amigas y amigos, emprendo el camino de regreso. Me sigue una larguísima cola de ratones de colores y tamaños varios.

(Publicada en Revista Guarnin, abril de 2006)

Foto: makuneros

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