#amolapaloma

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Acerca de la recolección de caracoles
Dícese de una actividad meramente marítima sin finalidad conocida más que acompañar el paso de las horas en una tarea que requiere un considerable esfuerzo de concentración, vista aguzada y cierto sentido estético.

Fundamentalmente practicada por niños y personas de mediana y avanzada edad, suele convocar un nutrido número de adeptos en localidades costeras, cargando en algunas ocasiones de elementos de depósito tales como bolsas, baldes, canastas o, en su defecto, bolsillos, pañuelos y/o gorros- aunque cualquier elemento que pueda albergar lo colectado es aceptable para tal fin.

Dependiendo de la topografía del terreno, se desarrolla focalizada en la orilla del mar como así también en las extensiones de arena de uso regular por parte de los veraneantes.

Suele ser motivo tanto de unión familiar como de discordia: mientras que en algunos grupos vinculares funciona como un ritual de cohesión, en otros se ha registrado al menos un foco de conflicto que se resume en el interrogante principal sobre esta actividad: ¿cuál es la finalidad de la recolección de caracoles? O, más directamente: ¿qué demonios hace la gente con lo recolectado? ¿Cuántos de esos caracoles sobreviven a la estadía en el lugar vacacional? ¿Y cuántos de ellos encuentran –ya en el lugar de residencia- un destino un poco más feliz que el de yacer arrumbados en un rincón oscuro en algún placard olvidado?

¿Cuál sería de todos modos un destino útil, teniendo en cuenta que hablamos de cadáveres de crustáceos y moluscos de particular morfología y consistencia y –en algunos casos- llamativos colores? ¿Cuántas lámparas, marcos, macetas han sido adornados con estos cuanto menos particulares elementos? ¿Cuántos reposan en sendos recipientes transparentes, en estanterías o repisas destinadas a acumular polvo sin llamar jamás la atención? ¿Cuántos de ellos perpetuan sus días ya en artesanales colgantes, ya en moderna self-made bijou?

Arrancados de su lugar original de reposo, lejos de la arena, el mar y las olas que los pulen hasta desintegrarlos, los caracoles lucen siempre un tanto disruptivos. Como ningún otro objeto son playa: remiten al mar de una manera categórica e inexorable.

Será que la recolección de caracoles es, en última instancia, la máxima comunión posible de los visitantes con el mar. El ejercicio de procurarse -aunque sea sólo en la acción de la recolección- una vinculación más duradera, un souvenir concreto más allá de las fotos y la memoria. La posibilidad de materializar lo imposible: llevarse consigo un pedacito de mar.

Será por eso que la recolección de caracoles tiene – además- un afán de coleccionismo rayano con la adicción: rara vez se recolecta un solo caracol. Se trata de una actividad en la que se encuentra el disfrute a través de la repetición y la búsqueda de lo único. Encontrar aquella pieza que se destaca por su tamaño, color o forma es –probablemente- la raíz de la cantidad de tiempo dedicada a esta tarea.

Cuánto más monótonas, cuánto menos fascinantes resultarían las horas a la vera del mar si de un momento a otro ya no pudieran recolectarse caracoles: qué enorme porción de la postal marítima clásica desaparecía de la memoria.

Porque mientras haya caracoles siempre habrá quien los recolecte, sin hacerse demasiadas preguntas ni pensar demasiado en ello, pero siempre deseando, aunque sea por un fugaz instante, encontrar y llevarse a casa algún tesoro marítimo.

(De la serie #amolapaloma – in words)

Foto: laclaux

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