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VIH

1. Supongamos que no te acordás como surgió la charla pero él te dijo que no estaba seguro si tenía o no tenía. Y vos lo único que dijiste fue «si vamos a estar juntos lo tenés que saber». Y se hizo el test. Y recibiste su llamado en tu escritorio en tu oficina de entonces, diciéndote «Tengo», y tuviste que salir a dar una vuelta manzana para tomar aire y acomodar tu cabeza, las ideas y sensaciones confusas que te invadieron. Se lo contaste a tus amigas y tuviste todo el espectro esperable de reacciones: «Lo tenés que dejar ya», te decía llena de preocupación una de tus más cercanas amigas. «En lo que decidas yo te banco», te decía otra. Y vos con una única certeza: todo lo que necesitas es información. Y hacia allí partiste, con un listado enorme de preguntas; las había obvias, «¿Qué hacemos si tenemos un accidente con un preservativo?», las había tan rebuscadas que te daba vergüencita hacerlas – del tipo «¿Qué pasa si yo me depilé el cavado, tengo un poro abierto y me cae semen en el poro?». Todas las preguntas posibles estaban en esa lista. Y te sentaste derechita en la silla en la cita con el infectólogo. Le explicaste la situación: él se acaba de enterar que es HIV positivo y recién inicia su tratamiento; yo soy HIV negativa y estamos empezando una relación.

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