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Santiago de Chile

Santiago de Chile es fresca, ágil, luminosa. Hay días de un sol prístino que ilumina la Cordillera inmensa, y sus nieves eternas resplandecen y se tornan plateadas o de un color rosa pastel según el humor del atardecer. La luna llena besa los bordes de las montañas y el cuadro es hipnótico, como un fondo de pantalla en un monitor HD. Hay otros días en los que un cielo gris plomo desdibuja las cimas a lo lejos; una bruma pálida sumerge a la ciudad en la fantasmagoría y se adivinan distantes las formas ondulantes de los cerros que la custodian.

A Santiago la parte al medio un escuálido y silencioso río Mapocho, atrapado entre paredones y surcado por puentes que soportan el tránsito incansable de autos y peatones. En 1986 vi el Mapocho por primera vez. Yo venía del conurbano de Buenos Aires, de su suelo plano y su ausencia de ríos cercanos a la barriada de Caseros que me vio crecer. Me parecía fascinante e hipnótico el solo hecho de tener esa fuerza viva de agua atravesando la ciudad. Lo recuerdo más copioso, más ancho que hoy, convertido en apenas un retazo de agua que corre sotto vocce, prisionero del progreso.

A Santiago le creció una invasión de edificios enormes y espejados; la ciudad brilla por la noche, y desde el cuarto del hotel escucho el tránsito que parece incansable, y me iluminan las eternas luces de las oficinas, ajenas a la llegada de la noche y la ecología. En 2007 ya me había impresionado la modernización de la ciudad y cuando volví en 2014, luego de 7 años de ausencia, nada quedaba ya de esa capital latinoamericana de perfil bajo y tapizada de colectivos de todo color y tamaño a las que llamaban “liebres”.

Tengo la certeza de que mis padres poco podrían reconocer en esta ciudad aquella que los vio partir en 1973 gracias a lo que algunos chilenos llaman hoy irónicamente “la beca Pinochet”. Hace meses que trato de convencer a mi viejo (que no visita Chile desde el 2001) para que venga de paseo, anhelando secretamente que ver el Santiago alumbrado por la extraña mezcla de socialismo democrático, dictadura feroz, neoliberalismo extremo y una democracia que alterna entre gobiernos de derecha y de izquierda lo ayude a cerrar la herida que sangra en el medio de su alma desde hace 41 años. Mamá vuelve a casa silenciosa y con su acento fuertemente marcado en cada excursión a su tierra natal, pero rara vez habla de lo que esas visitas le provocan.

¿Saben lo que es nostalgia? Recorrer las calles del centro de Santiago recordando nombres y lugares de los que he escuchado hablar toda mi vida. Nostalgia es recorrer estas calles con las memorias de otros, persiguiendo imágenes y sabores de una vida que yo no tuve pero que viví por el recuerdo permanente de mis padres que jamás superaron el destierro. Ayer busqué el Café Paula durante casi una hora por las calles del centro. Mamá y papá me han hablado toda la vida sobre su pastel de lúcuma y sobre sus visitas dominicales para devorar delicias únicas. Busqué el Paula para sentarme a merendar, sacar una foto, y capturar para mis viejos al menos una parte de su pasado.

El Café Paula cerró hace seis años. Parada en la esquina exacta de San Antonio con Agustinas, consulté a una kiosquera si estaba buscando en la dirección correcta. Me contó cómo su hermano se quedó sin trabajo el día en que el café cerró sus puertas. Decidí que no voy a contar en casa que el Paula cerró. Me niego a colaborar con la destrucción del Santiago que mis padres atesoran en su memoria. Como los edificios en Incepcion, los recuerdos de otros, que también son los míos, se desintegran frente a mis ojos cuando tengo ante mis narices el presente de ese ayer en el que está atrapada la memoria de mis viejos.

Santiago sabe a paltas, a Sahne Nuss, a Bilz, a hallullas, a barros lupo, a Lomitón y a Milo. Santiago sabe amargo cuando se me hace un nudo en la garganta al pensar en la vida que le arrancaron a mis viejos, en la vida que no tuve, cuando abrazo a la poca familia que me queda en esta tierra y a quienes me acostumbré a añorar con una cordillera de por medio y a despedir en aeropuertos y teléfonos con fecha incierta de reencuentro. Santiago me hace sonreír y llorar, y se siente al mismo tiempo como mi casa y como un lugar ajeno y extraño que casi no tiene nada que ver conmigo.

¿Habrá otro Santiago, en una dimensión paralela, en donde yo no nací, y en la que mis viejos viven hoy la vida que tanto añoran? Sé que existe en mi papá, en mi mamá, en mis hermanas, en mis tíos y en mí. Y algunas veces esa es la ciudad que nos hace sonreír de gusto. Pero ahora entiendo, como nunca antes, que sobre todas las cosas Santiago nos duele. Y que nos pesa la resignación de tener que vivir para siempre con eso, prisioneros de un pasado que podría haber sido mejor.

Yo volveré a pisar las calles nuevamente.

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