#CS vol2

Parecía un cuadro costumbrista el furgón del ex Sarmiento esa mañana de un domingo caluroso. Pequeñas escenas de la vida suburbana, postales de viajeros más o menos habituales disfrutando del relax del fin de semana, aprovechando el día desde temprano, convirtiendo de esa forma al vagón en una extensión de su casa, un ambiente más equiparable al living o a la cocina, pero sobre rieles. Un grupo familiar de casi ocho personas está cómodamente instalado en esas jorobas que le nacen a los furgones a los costados de las puertas, y que ofician de única superficie en relieve plausible de ser convertido en asiento. Un par de mujeres que rozan los cincuenta, un caballero con gorro con visera blanco sobre las canas, un bebé que duerme en el carrito, un niñito de tres o cuatro años que se divierte con el vaivén y con el peligro inminente de rodar furgón abajo, tres adolescentes cada uno estacionado en una ventana, que miran hacia afuera sin decir una palabra, como en trance hipnótico. El grupo entero toma mate. El mate va y viene de mano en mano junto a una conversación sostenida a media voz, incluso aunque están sentados unos y otros en ambas paredes del vagón. Están rodeados de bultos, como si fueran a pasar el día entero al aire libre. Pienso que Berni bien podría haber parido un cuadro a partir de ellos.

Más allá, un pibe dark de unos 20 años dormita con la boca un poco abierta apoyado contra la pared, exactamente debajo de una ventana. Lleva el pelo con una cresta enorme, está íntegramente vestido de negro, y de su reproductor de mp3 llega el eco de música al palo, lo que parece oficiar de canción de cuna after rotation nocturna. O recién vuelve, o le ha costado demasiado levantarse y salir a enfrentar el sol. Podría jurarse que no es la música lo que lo aisla del mundo exterior. Ni siquiera se inmuta cuando un joven padre con su niña se suben en Liniers y se instalan a su lado, acompañados de un cachorrito de perro-marca-perro, marrón y regordete que asoma la cabeza con curiosidad por sobre la caja donde lo transportan. Cuando el tren retoma su andar, la niña apoya la caja en el piso y el perrito salta feliz al piso. El vaivén lo hace llorisquear, pero no le impide recorrer unos cuantos metros antes de mearle el pie al dark durmiente. Algunos se ríen, como la mujer de una pareja de treintitantos; su novio/esposo/amante/concubino dormita apoyado contra ella, mientras que en un carrito un bebé ejercita las piernitas dando patadas en el aire. Son la foto de la familia tipo convertida en realidad.

Los adormecidos no se sobresaltan cuando un grupo de adolescentes, apostados cerca de la puerta que comunica el furgón con el vagón siguiente, empiezan a corear una canción de Los Redondos bastante desafinados. Después queda uno solo cantando, que entona Ropa sucia con bastante agilidad, y por un instante, a pesar de lo rústico de su entonación, el rasguito de la guitarra y el estruendo de su voz llenan el espacio y todos los demás sonidos parecen detenerse. El grupo estalla en carcajadas y aplausos cuando termina, y pronto un aroma bien jamaiquino perfuma el aire. Un canillita les pide permiso para pasar y muchos en el vagón lo siguen con la mirada intentando pispiar algo de los titulares del Crónica que sobresale bajo su brazo. Extraña la ausencia de vendedores ambulantes.

Una pareja que discutió a media voz durante varias estaciones empieza a levantar el tono. El tren detiene lentamente su marcha en la estación de Castelar. La mujer se pone de pie de un salto. Lanza un par de puteadas al aire, forcejea un instante con su (¿ex?) pareja que intenta retenerla, sentado en el piso sin moverse. Ella se zafa, le tira por la cabeza el diario que llevaba dentro de una bolsa, y sale del vagón intempestivamente un segundo antes de que el tren retome su marcha, con la puerta cerrándose con fuerza en sus mismísimas espaldas. Desde el andén se alcanzaba a ver la cabeza del tipo asomado en una de las ventanas del furgón, devolviéndole las puteadas, y arrojando páginas del diario al aire como blandos proyectiles. Las hojas se arremolinan con el paso del tren y se quedan dando vueltas un largo rato hasta que el viento las deja suavemente depositadas sobre las vías.

Un domingo como tantos otros cuando no hay nadie ahí para contarlo.

Foto: laclaux

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