Raúl

-Lo único que quiero es un trabajo-dijo. Cuando me miró a los ojos vi en ellos la derrota, y tuve que tragar saliva para no quebrarme en el medio de la grieta que se me abrió en el alma.

Mi papá tiene 60 años y quiere hoy seguir haciendo lo que hizo durante toda su vida: trabajar. Ni un subsidio, ni ayuda del Estado, ni limosna. Papá quiere trabajar y no puede. Tiene 60 años, ninguna especialización laboral, y toda la impotencia enfermante de quien se sabe aún útil pero no encuentra utilidad alguna. No tiene trabajo.

Papá dice que tiene ahora los problemas que tuvo a los 20 años. Y yo no encuentro palabras para decirle que en realidad hoy tiene un problema incluso mayor. Papá está cansado: hace demasiados años que lucha denodadamente para salir a flote mientras el mundo alrededor le pone una pesa de plomo en la cabeza.

Este mundo que hoy lo inutiliza y lo castiga con el desgaste de horas eternas para pensar en lo que no fue, en lo que pudo haber hecho mejor, en lo que quiere hacer y no puede, fue el mundo que él quiso cambiar y le pagó con mierda su esperanza de dejar para otros un lugar mejor que el que lo vio nacer.

Desterrado en su juventud de su querido Chile, es de la generación que vio ganar a Allende en las urnas y pensó entonces que iba a encontrar un espacio para construir esa sociedad soñada en la que todos pudieran vivir con la dignidad que dan el trabajo, el estudio y la salud. Pocos años después con brutalidad sería expulsado para siempre de una tierra a la que nunca volvió a ver igual y que, ya lo sabe, se mantendrá ajena como ahora en su recuerdo de ese lugar perfecto en el que alguna vez tuvo una buena vida.

Lo veo derrumbarse de a poco, lo veo dejarse vencer por un mundo que no logro entender, donde los que quieren trabajar son castigados con la indiferencia de un mercado que no los incluye mientras explota a los que tuvieron acceso y no tienen otra opción que aceptar esa explotación, porque ven en mi papá el reflejo de eso que les puede pasar a ellos.

Y hoy, en un viejo café sobre Callao, terminé de entender. No importa cuánto pueda ayudarlo cada vez que cobro, no importa cuánto me empeñe en prometerle que algo vamos a idear para salir adelante, no importa cuánta energía invierta en pensar alternativas y posibilidades: soy incapaz de devolverle a mi papá la dignidad que sólo te da un trabajo digno, el propio valor que sólo puede darte el saberte y sentirte útil.

El desempleo es una enfermedad cruel que después de cierta edad parece no tener cura. Asisto, impotente, al largo padecimiento de una de las personas a las que más amo sobre la Tierra y a quien le debo una parte enorme de lo que soy.

Mi tristeza y mi desazón no tienen cura tampoco.

Foto: Steve-h

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